Cabellos paisas

Agradecer a Robinson Córdoba Mosquera, amigo y artista, este regalo repleto de sensibilidad que embellece mi humilde rincón. Gracias por estos versos Robin. 

 

CABELLOS PAISAS

 

 

Delicado y ligero emanas

en infancias florales andinas,

impregnando perpetuamente tu aroma

en volátiles corazones forasteros.

La perfección de tus trazos

van más allá de lo estético,

convirtiendo tu contoneo inocente

en una viveza hormonal ajena incontrolada.

Tormentosa contemplación

cuando la queratina que te envuelve

disfrazada en perfumes tropicales

desafía  la gravedad de retinas sedientas de deseo.

 

Es en cruces,

donde la huella del viento embellece el latido de tus capas.

Tu seducción embaucadora viste de largo

el mestizaje de pigmentos celulares

impuestos a ley y martillo por ascendientes colonos,

que en jeroglíficos remotos

ahora quedan presos en tu búsqueda.

 

Dime,

¿En qué pacto genético te engendras?

Porque aun entrevistándome contigo

en mañanas blancas de lino,

donde mi olfato hace mella

en tu callejero paisa de finos trazos,

no llego asimilar la divinidad de tu obra.

 

 

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Hacia ti me llevaste y tú sin saberlo. Gracias Quindío.

Enardecido por un pasado reciente trato de convencerme que eres digna de ocupar tu espacio. Que tus virtudes de cauterio merecen convertirse en mis recuerdos, esos que pego detrás de las retinas, con notas de silicona para que aun abrumado por el peso de la memoria selectiva no decaigan esos días de vida que me regalaste por tu eje. Te palpé como un cuerpo desnudo y experimentado camino a explorar nuevas décadas. Te palpé en las aguas de aquel río de barcas de bambú, atrapado en orillas de bosque y conversaciones ilustres de gente llana. Te sentí en la nobleza del cutis fluvial del viejo gondolero Francisco Rodríguez, su discurso humilde serenaba la corriente en mi baño primaveral. Te sentí al saborear tu almuerzo campesino envuelto en hoja platanera; aún perdura ese sabor fiambre en mi paladar generoso. Te entendí en la vigorosa faena diaria de areneros fornidos y dorados por el sol andino. Te entendí anclado a los barrotes del jeep en mi viaje cafetero con sones bogotanos abiertos a regalar su humor y su cariño.

Te vi en el horizonte de aquella finca de sinfonía cariñosa y arquitectura armoniosa, perdido en el intelecto e inquietudes de la familia Peña. Te vi entra matas de café caturro agarrada a la savia del caracolí donde mi vida y tu alma por fin aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera. Te quise entre insomnios fructíferos salteados de orquestas de grillos y cacareos de copete. Al despertar te quise meter en aquella valija de viajes locos y recuerdos frescos, con la idea de enseñarte al mundo. Te quise en el olor de tus cítricos en ayunas, de la mano de la sonrisa leal de Don Gilberto Bravo, mestizando el sabor de su jugo con el sazón de plátanos de huerta asados en candelas de madera bajo la batuta de Doña Rosalda. Te quise en la belleza irrepetible de aquella familia que sentí tuya y mía, en la evolución de su tradición y patrimonio hacia un modo de existencia más acorde con el bien de todos y de la tierra. Te olí en el perfume de aquel café que un día fue bonanza, en los azahares tropicales de un vivero frutal, agarrando platanillas coloridas que desafiaban como picos de tucán. Te olí en la brisa que estimulaba el movimiento de nubes de algodón decorando el infinito horizonte celeste. Te olí y te añoraba. Te añoré fatigado en el zigzagueo de lomas de alquitrán tematizadas por un arcoíris de verdes en plenitud. Te añoré en aquella fábrica de paisajes que susurraba un sentimiento de nostalgia anticipada.

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Te recordé abrumado por un silencio absoluto al descender de aquella buseta, torciéndome como buen girasol alcoreño ante el escenario de sonidos provechosos. Te recordé en el marco de aquella tienda de materia viva y espíritu pulcro, unas primeras palabras que guiaban al buen vivir; entre productos regalo de la madre tierra, animalitos lindos y apego a lo humano. Te leí entre luces dormidas cuando seguramente tú soñabas con un domingo de mar de la mano del Gabo en la plenitud de su poesía. Te leí lentamente como cuando leo las pieles de mujeres inabordables con cuerpos elásticos solo a la altura de los sueños. Te busqué en un bar con firmas del recuerdo entre estrellas y estrellados, me propuse conocer a Toba y su peculiar Diógenes artística. En mi exploración social puse mi atención en la reina hojalata del café, ochenta años preservando la tradición de tintos calentitos, obviando la evolución apetitosa de los tiempos. Te busqué en el amor de memorias ilustradas convencidas de un resurgir idiosincrásico, nuevos amigos que entierran la lacra pesimista del conformismo con brochazos coloridos y sonrisas de cambio. Te escuché en la paz de Bellavista, allá arriba escuché la fusión de nuestras voces. Cantábamos cantinelas de un tal Camilo de apellido Sesto, que de tanto ser antiguas han vuelto a ponerse de moda. Te escuché apreciando tu pasión insaciable por el canto bajo aquella lluvia tenaz, y compartimos la compañía de nuestros miedos. Te necesité vestido de pintor social, no fue el arte de la pintura quien llamó a mi puerta, tuve necesidad de dar y fundirme, fundirme y adentrarme en tu país de pechos. Te necesité sentado frente a los relatos quijotescos de Don Vidal Peña, necesitaba que escucharas a esa criatura radiante de resiliencia, para que cogieras aire por si al mundo le daba por vaciar tus sueños. Te necesité cuando centenares de pájaros tropicales levantaban el telón del alba, revoloteaba mi mirada colona en la virginidad de tu flora, y pensé anidar mi impulso emocional en el remanso de esta tierra bendita. Te nombré entre dientes en mi último paseo rodeado de construcciones de bahareque, lo hice bien bajito evitando violar la ternura del murmullo de la citta slow.

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Te visualicé en la colina de los indios Quimbaya, me hablaron de tesoros regalados a dinastías sanguinarias, de centenas de quebradas suministradoras de vida, de sendas de conquistadores provenientes de Bogotá, de arrieros y chapoleras con sonrisa tostada, de fincas y reservas de micos y mariposas de seda, de manos artesanas con tintes a bejuco, de falsos balcones chillones, pero a esa altura de la historia solo exploraba para entender el horizonte donde un día fuiste niña y construiste los andamios de tu ser. Sin tu saberlo me fui sin avisar, y con tristeza te despedí en aquella terminal de voces dispersas y esperas convencionales. Te despedí sin darme el gusto de esa mirada, que tú y yo ideamos, alimentando mi decadente utopía. Te despedí convencido de haberte conocido a mi modo, siempre fiel a mis amores de piñata, esos que no encuentran resquicio alguno de imperfección en la realidad viajera. Ahora eres mi recuerdo, y aunque soñara con estirar al infinito lo que ayer compartimos, desde esta irremediable lejanía que nos propusimos me quedo con el almíbar de nuestros días juntos. Gracias Quindío. Ya eres parte de mí.

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Mi sincero agradecimiento a:

Balsaje Los Ríos

Finca Horizonte

Fundación Pijao Cittaslow

Hotel La Pequeña casa

Colegurre Tour

 

 

Las letras del analfabeto

 

Nunca supe que los brochazos color fiebre amarilla de aquella tarde sin prisa en citta slow, con los que altruistamente pagaba la ternura de una acogida rebosante de sonrisas envueltas de endorfinas sanadoras, me conducirían a la calidez de mi nuevo personaje. De espaldas a él, coloreando la barandilla de una quebrada, dejó caer el color cándido de su voz sobre nuestra pintoresca faena, petición de Doña Léiber Sofía Peña, quien minutos más tarde me lo presentaría como padre.

Apareció interrumpiendo esos pensamientos que flotan en las mentes disfrazadas de carnavales utópicos, “Las realidades existen porque se cree en los sueños”; idea que consumía la monotonía de mi actividad y que no tardé en corroborar con los relatos de vida de Don Vidal Peña, cuando al día siguiente lo visitaba en su puesto de mecatos (golosinas) en una de las esquinas del parque principal.

Santanderino, pero del sur -recalcaba vehemente sus orígenes- no conoció su infancia un mundo donde todo se le presentara resuelto de antemano. Cautivado por una dicción clara y pausada me abrió la llave a un festín de recuerdos duros y entrañables. Los tiene aún muy presentes; a su favor una memoria ilustre que utiliza para enamorar oídos inquietos que curiosean su pasado de fuego. No gozó de una educación decente a la que acostumbramos en el occidente del bienestar, conoció el vacío del mundo a los cuatro años, cuando ambos progenitores desaparecieron, dejando su desconsolada niñez a mano de sus abuelos. Abuela que fallecería en su primera decena de vida. Ajustándose la rebeca de rombos oscuros recuerda que aquel día se sintió solo, y lloró mucho, así lo refleja en las primeras líneas de su libro. Un sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen del corazón.

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Su habilidad comunicadora viene de cuna; lector y escritor con altas dotes de autodidacta. Obligado en la responsabilidad del pan diario consiguió con lágrima de sangre que su abuelo le permitiera aprender a leer en las veredas de Belleza. Pueblo natal, que pronuncia con un acento irrepetible. En una escuelita de campo, atestada de personitas de edades dispares y futuros parejos inició su andadura en su cariño por las letras. Es Don Vidal una criatura que irradia serenidad, un lector empedernido, un narrador infatigable desde sus primeras cartas a las historias que a día de hoy dice seguir escribiendo con papel y pluma en su refugio de golosinas. Un caballero santanderino de finos trazos, que apaciguó la dureza de una vida de ausencias con amor y valentía. ¿Y no es enamorarse una cuestión de valentía? Cuenta que en Belleza cuando sus años acariciaban la llegada de la pubertad sintió por primera vez la llamada al arte de amar. Encontró su musa. Quiero imaginar que la visionaba cogida de la mano en los paseos semanales camino al pueblo. Afortunada la chica, descifró su primer sueño. Un sueño envuelto en papel de aire que convirtió en carta para ella. Fue esta criatura, tres años mayor que Don Vidal, el catalizador de sus anhelos por la escritura. No le bastó más que curso y medio para alcanzar la destreza motriz necesaria que le permitiera regalar la suave melodía de sus palabras a una mujercita de adolescencia pueblerina, quien también románticamente acudió al género epistolar en su rechazo a compartir los inocentes recovecos del primer amor. Sonríe Don Vidal rememorando la hazaña. Me cuenta en sus detalles recónditos, que ha llovido mucho desde aquella carta, la chica se hizo mujer, y cree que casada aún vive en Belleza. Tras años de duras experiencias, en el transcurrir de mundos contrarios el pisó Pijao, y trató la fertilidad de su tierra de sol a sol, hasta hacerse con el puesto de mecatos, que después de cuarenta años todavía permanece en la misma esquina dando luz a la plaza.

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A día de hoy, se considera un pijaense más; personaje querido y respetado, padre y abuelo honorable, y autor de “Las letras del analfabeto”. Libro que expone en su carrito de cristales y lata color horizonte, para que no caiga en la trampa del olvido. Don Vidal sigue en su relato apacible, y yo palpo las primeras líneas de su memoria más sentida. Disfruto de la revitalizadora candidez de su discurso, de su coraje por no someterse al imperio de la razón, por creer en él, por ser valiente, y enamorarse como lo hacen los espíritus limpios e ilógicos. Ahora entiendo su interrupción cuando mi mente flotaba disfrazada de carnavales utópicos, y es que como divulga este galán en su ejemplo de vida “Las realidades existen porque se cree en los sueños”.

Rutinas de antaño

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Divaga el turista fruto de la impaciente lluvia. Se detiene agazapado bajo el alero hospitalario en la esquina de las lenguas antiguas, donde se chismorrea que tras la establecida aguada matinal florecen las viejas virtudes locales. Regresan cuando el Lorenzo golpea las fachadas de bahareque, endulzando la belleza de las rutinas de antaño. Esas que el tiempo aún mece en la deshora de minutos olvidados. Quiero esta imagen por pasar a ser la nostalgia que me inspira y por no ser actor de paso en el preludio de una muerte anunciada.

Tiene el Quindío aires de mi tierra

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Tiene el Quindío la sencillez loca de mi tierra,
un apocalíptico enigma bello
que retuerce mis pupilas bandoleras
ante la poesía verde ondulada que encubre su tango cafetero.
Tiene el Quindío las canas de mi tierra,
una irremediable madurez con solera
que corre en el pecho agrietado de arrieros
y en la frente arrugada de chapoleras durmientes.
Tiene el Quindío las penas de mi tierra,
un sentir imparable de ser incomprendido,
la sinrazón de un siempre futuro nostálgico
que agarra la vida por el cuello
y zarandea los tedios pesimistas.
Pero hay más.
Tiene el Quindío la alegría de mi tierra,
un perenne combate jornalero,
locura ardiente de manos al sol
al precio sangriento de arepas de buenas noches y tinto mañanero.
Tiene el Quindío los atardeceres veraniegos de mi tierra,
un relucir en hogueras de San Juan
que nubla estrellitas campesinas
ablandecidas de su reina lunera.
Tiene el Quindío una dulzura demasiado ostensible para ser real,
un regadío de chapoleras que bañan mis ya sanas cicatrices
fruto del recuerdo de dos cuerpos desnudos separados por su sombra,
en mi terrible estado de enamoramiento tardío.
Tiene el Quindío el tono romántico de mi tierra,
un latir lunático,
pero sosegado,
que ampara incluso amores en simulacro.
Tiene el Quindío esa savia,
Ese verde espejo,
Esa serenidad terminante
que encuentro dentro de este cuadro.

Niña de Pereira

Y allí, en la penumbra de voces dispersas y esperas convencionales, cada uno petrificado en su lado del banco, obviaron la franqueable barrera de encontrar sus palabras.

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Niña de Pereira,
El inicio del día azota nuestros andenes,
y sigues coqueta como en aquellos amaneceres.
La realidad de la pasada noche marca que viajo sobre horas no vividas.
Suenan gritos de corazón muy adentro,
esos que solo la sangre más ligera se sensibiliza a reconocer.
Niña de Pereira,
es tu aroma andino y tu color cafetero
quien titubea mis pasos en tus cordilleras paisas.
Desafío las lomas quebradas por martillos gravitatorios
cuando descifro que eres incierta en el miedo,
que el pardo que se pierde en mi iris verde aceituna
es el mestizaje que siempre añoraste.
Así como yo añoro el futuro de ayer.
Por eso volví a explorarte.
Para endulzar nuestro nunca jamás de alientos criollos
y convencerme de que tu boca es una mentira
que no miente nunca.
Niña de Pereira,
mi memoria opaca,
la que no marchita al imán de tus labios,
resuena en el azaroso mar de caras finas de esta terminal del olvido.
Pero ahí estás,
Niña de Pereira,
deseosa de estar segura en tu sueño al otro lado del banco.
Tapiando nuestros recuerdos con nudos de miradas interminables
en este desierto ausente de olores cálidos y susurros dulces,
que sé que añoras.
Y mientras agoniza la creciente espera,
aquí, en este cielo de altura,
me conformo con una mirada de aire impersonal
que infle el alma y abrace nuestro silencio.

Pijao y su flow

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¿Será el verde variopinto que colorea estos campos quien devuelve la dicha de vivir?

Siento que la realidad de este viaje sobrepasa el prólogo de mis sueños.

Asciendo cordillera arriba en mi sentir peregrino

y percibo señales que pasan por mi frente como las nubes en el agua.

El corazón aprieta cuando el clásico suena:

Un olor a tabaco y chanel

y una mezcla de miel y café.

Tiene este paseo migajas de “dejavu” frustrado.

Bajo de la buseta y llueve,

pero la lluvia se convierte en un percance irreal.

La fina cortina aguada no desdibuja las lomas escarpadas de yarumos, plataneros y guamos que rodean mi nuevo hogar.

Nadie habla,

escucho voces en el alma.

Hay vida por conocer en la pausa de citta slow.

Escucho voces que hablan libres deambulando en la compañía de mis pensamientos.

Escucho voces que de tanto ser antiguas han vuelto a ponerse de moda.

Escucho voces que cantan alto para recordar las huellas de este pueblo.

Un mundo de eslabones perdidos que sufre su propia agonía globalizadora.

Afortunadamente, aparecen nuevas memorias convencidas de su resurgir idiosincrásico.

Siento el viento alternativo que desprende su halo intelectual y altruista.

Escucho voces que entierran el miedo con brochazos coloridos.

Escucho voces que alimentan el cuchicheo pueblerino con sonrisas de cambio.

Escucho voces que conciben el buen vivir en remansos de silencio.

No nos conocemos,

pero escucho voces.

Voces que a la primera vuelta de la esquina

dejan en este leve transcurrir señales de una existencia más humana.

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Y llegó el Quindío

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Hace días que me cuento los sueños en ayunas

que mi yerta fantasía diurna

intenta restablecer un corazón alborotado por la nostalgia.

Al menos he aprendido a sobrevivir a los enigmas de los sueños,

esas viejas locas historias dubitativas en las que aún me refugio

¿Y qué es soñar, sino una incertidumbre?

Guiado por el laberinto de esta incertidumbre

pisé la bendita tierra de esta finca,

y el tiempo titubeó ante su silencio instantáneo

estremeciéndome el aliento mágico de su bienvenida.

Su olor frutal.

La sinfonía cariñosa de su fauna.

La armonía arquitectónica de su flora.

El carisma de su caserío.

El color de sus horizontes.

El sabor de su tradición.

Todo guardaba el espacio que la belleza marca a los cuerpos perfectos.

Fue una conexión que existió solo un instante,

pero que aumentó el peso del corazón

y la vida del alma.

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Antes de que la luna desapareciera

y llegara el sol de mañana

aproveché mi memoria incandescente,

y esperando una cena temprana

tracé ese recuerdo como una primera bocanada de aire,

convirtiendo Finca Horizonte en mi nuevo enigma por soñar.